el amante de las letras

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Mensaje  Admin el Vie Mar 04, 2011 1:22 pm

El amante de las letras.
Era Él quien amaba las letras. Bueno sí, las palabras, porque de ahí las obtenía, pero más que nada las letras. Por su forma, su color, su semejanza o diferencia con el hombre. Las recortaba, las coleccionaba, se cobijaba con ellas. Tenía letras de plástico, de nieve seca, talladas en madera, fundidas en acero. Comía –obvio- sopa de letras. Las archivaba, las colgaba del techo, las inflaba con helio. Letras de diversas fuentes y tamaños, negritas, veloces cursivas, ideogramas y signos en cirílico. No le importaban los significados, los significados lo apartaban de la contemplación y el arrobo, lo distraían, prefería olvidarlos, eran caminos a ningún lugar y el lugar al que lo transportaban las letras solas sí existía, era paradisíaco. Debido a que el común de los hombres y las mujeres no entendía ni compartía su amor ya no literario, su afición letrista, Él vivía solo y mantenía en secreto su condición, su razón de ser. Abría la A como una escalera de tijera. Veía la B como una mujer de busto grande embarazada. Ni qué decir de la C que era una hermosa luna menguante o la d minúscula en la que advertía un gran trasero. La F era un patíbulo y la G un caracol, la H un travesaño, la I un poste, la Jota un palo de hockey, la K la flecha en el blanco, la L un palo de golf, la M una mujer acostada, la N un rayo que cae, la Ñ una nube que truena, la O un salvavidas, la P una pistola apuntando hacia abajo, la Q una lupa, la R unos alicates, la S una serpiente, la T un detonador de explosivos, la U un columpio, la V el pico de un ave, la W unos senos, la X dos espadas cruzadas, la Y una mujer y la Z una especie de banquillo modernista para sentarse. Su interpretación de las letras nunca era la misma, su percepción tampoco. Les asignaba colores, olores y sabores de acuerdo a su estado de ánimo. Una E podía ser verde y pinta y saber a yerbabuena. Y a la siguiente ser cicatrizada y peluda y oler a animal muerto. Era capaz de desmoronarse o volverse líquida. Para alcanzar esa percepción sólo tenía que desnudar las palabras de sus significados innecesarios repitiéndolas. Y esto era lo más difícil ya que el objetivo primario de las letras era trasmitir algún fonema y en conjunto un mensaje y Él les estaba quitando esa función. Las estaba volviendo bellas y sugerentes pero desnudas, vacías, carentes de un objetivo concreto. Más allá de la puerta de su habitación su mundo terminaba, la realidad se imponía con su hambre de comunicación. Podía desenvolverse con destreza en el mundo exterior pero la razón de ser estaba dentro de las cuatro paredes. La mujer que hacía el aseo conocía su debilidad y lo llamaba pomposamente el coleccionista de milagros. La gente le sonreía cuando lo encontraba en la calle rumbo al trabajo de rotulista.

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